vida en sombras


BRUNO 1.MI HERMANO
yo no sabía nada de mi hermano. no sabía quién era, ni cómo era su vida en realidad, hasta que murió.
supongo que mi relación con él era la de muchos hermanos, la vida en común hasta un límite, hasta la barrera de lo que escondemos, lo que atesoramos para nosotros, la intimidad. cenas familiares, conversaciones tibias y llenas de tópicos y frases predecibles, nada más.
es ahora, meses después de su desaparición, cuando empiezo a conocerle. y no sé si a quererle, o a apreciarle de un modo sincero. aunque quizá no debiera de quererle, todavía no lo he decidido.
todo empezó en una de esas reuniones familiares, donde la verdad, la sinceridad o los actos espontáneos están fuera de lugar. el cumpleaños de alba, nuestra hermana, volvía a reunir a la pequeña familia: mamá y los 3 hijos, en un restaurante de salcedo, a medio camino entre el pueblo y a coruña, donde vivíamos ya alba y yo, emigrados a la ciudad, disidentes, mercenarios para pablo, que se había quedado con mamá y con el pueblo, que luchaba por lo que creía.
la comida, la charla, las miradas. las preguntas, los amores, los trabajos. todo en su justa medida, las risas, los silencios, la incomodidad, y cierto calor familiar, para qué negarlo. nada faltaba. y tras dos horas juntos, alba llevaba a casa a madre, y yo conduje en mi nuevecito golf a pablo hasta la suya.
mi hermano mayor vivía desde hacía 10 años con su mujer y su bebé en una aldea a las afueras de vivero. pablo hacía trabajos de carpintería, isa hacía algunas horas los fines de semana en el pub del pueblo, pero sólo en verano. con eso tenían suficiente, decía pablo, con esa voz de muchachote sano y viril que encadilaba a las féminas casi sin pretenderlo.
apenas despegó los labios desde que dejamos atrás el último cruce en asúa. “al norte”, dijo entonces, porque sabía que yo siempre me equivocaba en esa encrucijada, con ese leve reproche que parecía decir “maricón, escogiste mal toda la vida, por qué nos has hecho esto”, aunque puede que todo esto sea cosecha mía, y la voz de pablo sólo dijese “al norte”, sin más.
fueron las dos últimas palabra que le oí. serpenteábamos ahora por un camino embarrado que me ponía perdidos los bajos de mi golf recién estrenado, pensando “mikel me matará, bueno no lo hará porque se supone que es jipi y aventurero, se supone que es bohemio y siente desprecio por el mundo materialista, pero él y yo sabemos que me mataría, que me tiraría a un pozo y luego lo dragaría para volverme a tirar así que mejor, pensaba, mejor lo llevo al lavadero antes de regresar a coruña”
el lavadero de coches es la imagen que tengo en mente de la despedida de pablo. por eso a lo mejor no noté que llevábamos varios segundos con el motor encendido, el coche parado frente a su casa, y que había dejado de lloviznar, y que empezaba a anochecer, pero los dos seguimos allí quietos, mirando a la nada a través del parabrisas, y yo tenía la excusa de un novio bohemio y sus amenazas de muerte, ¿él qué tenía? ¿qué pensaba? si quería decirme algo; si esas palabras que no dijo, que no supe pedirle fueron la causa de lo demás, creo que podría volverme loco. porque pablo, sin decir adiós, sólo sonriendo y dándome un beso en la mejilla, se bajó del coche, entró en casa, donde no había nadie esperando, porque isa y su niño estaban con su suegra, y arrastró una silla hasta la mitad de la cocina, hizo una soga con la cuerda de tender la ropa, la anudó en torno al cuello, luego a la viga de madera del techo, y se quitó la vida, sin más. yo todavía estaría en el sendero, poniendo caritas cada vez que un bache salpicaba de barro mi coche, y mientras mi hermano con la mente en blanco, subido a la silla, en la cocina, sin pensar en su hijo, en su esposa, en nada. simplemente en tirarse de la silla.

BRUNO 2. LA LÓGICA.
han pasado cuatro meses desde esa tarde en vivero. el invierno pasó, la primavera se instala alrededor, mis alumnos se enamoran y rompen y vuelven a enamorarse, a menudo de la misma persona, entre las páginas de historia antigua, entre los incas, los conquistadores y las marineros descubriendo tierra virgen. y yo sigo, cada noche, en sueños o en mi duermevela, viendo los ojos de pablo, y sus movimientos serenos y seguros, pablo abre la puerta de mi coche, entra en su casa, dirige sus pasos hacia la cocina, sabe que está solo, porque la llave estaba echada. prepara todo, coge la cuerda, hace el nudo, y, lo más difícil para mí, el acto más poderoso, es el de arrastrar la silla hasta el centro de la habitación, porque eso rompía definitivamente el esquema de esa vida, de la vida en general, nos rompía a mí, al cumpleaños de nuestra hermana, a toda la familia, a todo lo que quiso alguna vez y seguía queriendo, ese arrastrar de la madera contra el suelo de piedra destruía lo conocido por pablo, y pablo lo sabía, y no le importaba.
y desde entonces, cada noche, me pregunto por qué. y sé que no podré descansar, que no podré desenamorarme y volver a enamorarme de la 1ª a la 4ª planta de mi edificio, que no veré el paso de los estaciones ni sentiré su sabor, si no hallo respuestas, una explicación. Porque Pablo era sencillo, era lógico, y nada de lo que hizo aquella tarde obedece a una ley o ciencia cierta. Necesito saberlo, porque era mi amigo, aún sin él saberlo, y ahora que no está, tiemblo. Y pienso que quizá nunca fuera el hermano que yo creía conocer y amar con esa mansedumbre con la que uno quiere a sus padres y hermanos, porque no hay remedio, sin buscar razones para el afecto.

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