mi sabor a cáncer

El pasado, María, Javi, dejaron de ser fundamentales. Me venían grandes como una camiseta de la talla XXL, no encajaban. Ya no me arrastraban con ellos.

Puede que vuelva con él, puede que no lo haga y no vuelva a verle más. Y no me importa demasiado. Puede que seamos amigos.

Aclarado el malentendido con Javi, en la cafetería a la que solíamos ir, Álvaro, en mi piso, seguía sin hablar y parecía apagado, rumiando algo incomprensible, murmurando sin sentido. Al día siguiente no estaba. Se había ido, y sé que no intentaré encontrarle, y sé que no volveré a casa de Juanjo. Por un tiempo.

Me asomé a la ventana abierta, y entre el cielo corrían algunas nubes alargadas, grises, y el viento frío me sacudía y presagiaba lluvia. Voy a salir.

Juanjo, sentado frente a él, le explica con frialdad que debe comprender que no tiene otro remedio que castigarle. Álvaro asiente con su silencio respetuoso, y J. suspira y parece no disfrutar del momento de su triunfo sobre la voluntad doblegada del chico. Sabes que te lo mereces, le dice suavemente, y Álvaro baja los ojos y se arrepiente de lo que hizo, y jura que no lo volverá a hacer más. Pero Juanjo ya no le presta atención mientras le ata, prepara la inyección y busca con cansancio su instrumento de tortura.

Pasado el trámite, que J. ya no encuentra reconfortante, ni siquiera divertido, es noche cerrada y los dos se encuentran cansados y solos en una quietud gigantesca que les envuelve en tristeza. Álvaro, vagamente consciente, es desnudado y llevado a la cama. Juanjo, en calzoncillos, se lava los dientes en el baño y se observa en el espejo con glacial interés.

Ha vuelto a recuperar la forma, el tono muscular, el sano aspecto de su piel, y sin embargo se siente más enfermo y moribundo que cuando empezó la búsqueda, hace millones de años, en continentes que se perdieron en el tiempo como las personas que amó y no le correspondieron. Con un lento hormigueo de melancolía, de años aciagos convertidos en brillantes recuerdos de juventud, Juanjo apaga la luz y atraviesa descalzo la habitación. Por la ventana azulada penetra un haz de luz que no es sino la unión de miles de moléculas luminosas, blancas y azules, que giran sobre sí mismas y bailan todas alrededor de un centro invisible que las atrae y repele, atrae y repele. Cada molécula, sea blanca o azul, gira y baila sin sentido unitario, sin una conciencia de sí misma que la hace dulcemente vulnerable a los ojos devastados de Juanjo. Juanjo viola ese firmamento con cierto respeto y se tiende en la cama. Echa la colcha sobre sus cuerpos aunque no hace frío, y elimina las distancias y las diferencias aunque no espera nada ya de él.

Las nebulosas se encienden en su irritante lejanía, se inflaman, brillan extenuadas pero sin descanso, y por fin estallan plenas de eternidad.

Una vez acabado, Juanjo sabe que ha llegado al final del camino, y que en su decepción no ha hallado señales o débiles huellas de alguien que se fue, de algo que dejó atrás. Álvaro le está mirando con una intensidad, con una contundencia de significados y sensaciones que no puede soportar, porque le muestran lo vacío que está, así que le da la espalda y le pide que se vaya.

(parte de “mi sabor a cáncer”)

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