Pepa Superstar (segunda parte de la trilogía de Alexei) -extracto-



Nunca hubiera conocido a Alexei de no ser por mi abuela. Mi abuela se llama Josefa, aunque sus amigos la

llamamos Pepa, es su nombre de guerra. Pepa, aprovechando que venía su familia política a visitarla, cogió
un avión para Moscú y secuestró a Alexei Nemov, con la complicidad de su hija, Lourdes, azafata de vuelo.
Todo parece muy complicado y violento pero en realidad Alexei nunca supo que estaba siendo secuestrado
ya que Pepa, a pesar de sus superpoderes, aún no domina el ruso, lo cual no suponía ningún obstáculo para la
charla, al contrario, no paraba de explicarle las excelencias de su nieto (yo), de la comida andaluza, el clima y
los precios. “Uy, hijo –le decía a Alexei, que sonreía, a veces por cortesía, otras por temor a que sacara una
pistola del bolso gigantesco que Pepa atesoraba en su hombro- no sabes lo que me querían cobrar en el
Eripuerto (mi abuela tiene algunas dificultades disléxicas, pero es otro de sus encantos) por el billete este, menos
mal que he encontrado a mi hija (y entonces cogía a Lourdes, que, en ese momento, vestida de azafata toda ella
porque, no sé si lo he dicho, todo esto está pasando en el Avión, de camino a Madrid-Barajas), ¿has visto qué
guapa? Pero (aquí se acercaba cofindencialmente a Alexei, a pesar de que éste le oía perfectamente, pues
gritaba, y a pesar de que, por extraño que parezca, seguía sin entender una sola palabra de español) ella ya
está ennoviada, ¿sabes, hijo? (entonces sonreía, toda orgullo, y se quitaba el imaginario carmín de sus dientes,
en un gesto campechano y a la vez terriblemente elegante, de reina consorte). Además es a mi nieto a quien le
gustas, es como mi hijo, le he criado yo prácticamente (Pepa reía como si hubiera hecho un chiste, y medio
avión la imitó, pues a estas alturas todos creían que esa pasajera escondía en su bolso una bomba e
inmediatamente iba a a sacar el manifiesto chihíta del escote).
Pero bueno, creo que tengo que retroceder un poco, poner a los lectores en antecedentes, hablar de mí, de
Alexei (¡tres hurras!).
No recuerdo exactamente cuándo le vi por primera vez. Ese verano está envuelto en brumas, en cálida,
agradable, húmeda bruma; sí, era un verano tórrido, chicos. Se celebraban las Olimpiadas de Atlanta
(1996 para los no iniciados) y yo, casualmente, no tenía demasiados planes o novios que atender, lo cual es
bastante raro, creedme, con lo que pude refugiarme en mi cuarto, encender el ventilador bendito y tragarme
las ocho horas diarias de retransmisión deportiva. En medio del sopor habitual, un día cualquiera, repantingado
en el sofá, descubrí una cabeza perfecta, de dios griego, al menos. /¿De quién era esa cabeza?/ ¿Qué hacía esa
cabeza? ¿En qué pensaba? /¿A quién pertenecía?/. Me entraron unas repentinas ganas de coger un transatlántico
para recorrer el Pacífico (vivan los contrasentidos) en busca de las islas ésas de los indios ésos que reducían la
cabeza de los exploradores, aprender la técnica, coger otro transatlántico y arrivar en Atlanta (¿Atlanta tiene
mar?) para poder hacerme un llaverito con semejante obra de arte, qué digo, prodigio de la naturaleza, que el
arte jamás podrá imitar, superar. Me estoy rallando, pero es que en aquel momento /me estaba rallando/, así
que es un ejercicio práctico de cómo me sentía, os estoy facilitando la identificación conmigo, la inversión de
roles (¿me seguís?).
Todo esto viene a decir que Alexei es un Dios, lo cual no supone ninguna novedad. Que es ruso. Y, ¿qué
significa ser ruso? Pues la sagrada costumbre de dar besos en la boca a los amigos, en una celebración de la
confraternización que me provocaba por segunda vez aquella tarde las ganas de tragar millas naúticas para
felicitar a mi nuevo amigo por todos los triunfos que, estaba seguro, habría de conseguir. ¿Cómo se les podrían
negar? Jueces, público y los mismos competidores de Alexei, al verle, al observar sus movimientos, cómo se
quita la chaqueta de chándal, cómo espolvorea de magnesio sus manos, cómo saluda antes del ejercicio, todos
caerán hechizados, subyugados al igual que yo por la pureza que, creo firmemente, brota de su cara,
de su nuca, de sus ojos, de sus labios, exclusivamente de su cabeza, no me interesa su cuerpo (adonisíaco) ni
sus ejercicios gimnásticos (dignos de un 9’98), y por ello clamo a los cuatro vientos que mi amor es espiritual,
que el sexo no entra en conflico con él, que mi afecto es desinteresado y, por tanto, infinito, sublime (y a un
tiempo temeroso, frágil, inestable, pues Alexei también es una persona, al menos eso me repiten mis amigos, y
debiera contar con él, con su reacción ante mi amor, pero no lo hago, por contra, le amo sin permiso, a
escondidas, y a través de mi televisor pantalla gigante, que me lo ofrece a tamaño natural, serio, formal, casi
robótico, excepto cuando ha terminado, sí, ha ganado la medalla, mis pronósticos no podían fallar, y sus
compañeros de la selección rusa se acercan a felicitarle, y a todos les planta un morreo, pero qué barbaridad,
qué derroche de cariño, por qué no guarda un poco para mí, para sus miles de fans ansiosos en este verano
demencialmente caluroso. Me choca que la gente en las gradas, ante ese espéctaculo, no enloquezca de
inmediato y provoque una estampida en persecución de Alexei, a través de la pista, no para besarle, sólo para
tocarle con la punta de los dedos, si acaso un pie, una rodilla, sólo para comprobar que es real, que no se
desvanecerá como una pompa de jabón, como el resto de un sueño que una civilización soñó hace milenios,
que se perdió antes de despertar de él, y así vaga por el mundo, hasta que alguien ose tocarlo y hacerle
comprender que no está en la esfera adecuada, que no puede permanecer en este sucio mundo demente y
caníbal, que pertenece a algo, no sé qué, no sé dónde, mucho mejor, más justo, más apacible, menos
complicado.
(Pero no pasa nada, los espectadores no enloquecen, pero sí aplauden a rabiar, mientras Alexei, menudo putón
verbenero, sigue besando hasta al último gimnasta con que se topa, con la excusa de su alegría, y yo no sé qué
dirá su mujer de todo esto, pero a mí me huele a chamusquina, y en cuanto le tenga delante le pienso echar un
(acabo de sufrir un shock profiláctico al releer la frase, disculpadme unos segundos).
(...)
Porque sí, chicos y chicas, desgracia sobre todas las desgracias, calamidad de mis calamidades, Alexei está
casado. Qué poco glamour. Qué poca consideración por su parte, ¿no? Pero en fin, todo se puede arreglar,
paso a paso. Lo primero, me decía yo en aquel verano, es conservar un testimonio permanente de su imagen
(para adorarle como el feliz pagano en que me acababa de convertir). Le di al “rec” de mi video y grabé sus
momentos más memorables, es decir, sus besos y sus abrazos, sus saludos y los escasos instantes de duda o
vacilación, que me enternecían aún más, haciéndole a él, en cambio, más sólido, más fuerte.
Con la prueba de su divinidad en mis temblorosas manos (a todo esto, yo en el 96 tenía... 17 años, ay dios mío,
¿qué ha sido de mi juventud? ¿qué fue de esos seis años de mi vida? ¿qué he hecho de ellos, en qué los he
invertido? En una carrera sin sentido, en afanarme por creerme escritor y escribir unos pocos relatos
deleznables, en auto-convencerme de que era una persona independiente, que no necesitaba de nadie, y ahora,
todo ese tiempo después, descubro que todo es una farsa, incluido yo mismo, por supuesto) (y lo peor de
todo: ¿cómo es posible que en el 96 tuviera más actividad sexual que ahora?)
(perdonadme por estos paréntesis existencialistas, en adelante evitadlos como a las básculas)
Acudí al cubil de mis amigas, Laura y Mercedes, quienes, cual fieras enjauladas, saltaron hacia mí y me
arrebataron la cinta en cuanto las hube puesto en antecentes ( les dije que había grabado en video a un tío
buenorro en paños menores, y sus pupilas se agrandaron en cinco veces su tamaño normal, como unas
vampiro-hembra al olor de la sangre fresca), y desaparecieron hacia la salita, donde las encontré ya visionando,
no sé de dónde habían sacado las palomitas y la coca-cola y el ron, y la cámara de fotos, y Laura llamaba con
su móvil al trabajo fingiéndose enferma, y Mercedes por el fijo se excusaba con su novio porque tendría que
estar 3 días en cama, porque Laura le había pegado la sílfilis, y yo me preguntaba si su novio sabría qué era y
cómo se contagiaba, pero preferí mantener la boca cerrada, y el volumen de la tv a toda pastilla, y las cortinas
echadas, y el ruido de las palomitas y los tragos ansiosos de roncola de las chicas, y sus gritos orgiásticos por el
teléfono a sus amigas (“¡un ruso, un ruso!”, gritaban, y sus amigas no entendían si era un nuevo cóctel, un
programa de tv o el nuevo baile del verano), pero Alexei, su presencia, resistía a todo aquello, resplandecía,
enamoraba, aunque, en el caso de L y M, era más una cuestión de bajos fondos, pero qué os voy a contar ya...
La cinta acabó, se acabó también el ron, y entraron en una especie de depresión, sobre todo cuando a Laura se
le agotó el saldo del móvil, sobre todo cuando el novio de Mercedes la llamó para decirle que, contra todo
pronóstico, sabía usar un diccionario, estaban aplastadas, y no era cosa de los tres kilos de palomitas, no, era
un bajón en toda regla. Aproveché la coyuntura para explayarme, soltarles mi típico discurso de enamorado,
mis planes de conquista, de acoso y derribo, mi amor incondicional, la esperanza de que ellas me comprendieran,
me ayudaran, me dieran aliento (sí, yo también había bebido ron, qué queréis, me puse pasteloso), y su
respuesta no se hizo esperar.
Mercedes dijo: - Te creerás Valentino.
Laura se rascó la ingle y eructó en plan señorita de internado.
Yo puse cara de suicida o parricida, no recuerdo.
Mercedes bostezó y cambió el canal y se puso a ver la Teletienda, con gran excitación.
Laura dijo: - No te lo ligas ni en sueños.
Sí, éstas son mis amigas. Mi psiquiatra cree que es bueno que no me respeten, que destrocen mi ego, que me
anulen como persona, que pisoteen mi sensibilidad, que destruyan mis esperanzas, porque éso me hará más
fuerte.
Creo que necesito otro psiquiatra.
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3 comentarios en “Pepa Superstar (segunda parte de la trilogía de Alexei) -extracto-

  1. ay la pepa………fue tu mejor epoca narrativa. que puedes retomar y mejorar,claro esta. ponte! a ello.
    alexei fue tu marido. os separasteis y acusaste el golpe..
    “Acusaste el golpe” otro titulo que te regalo jejejejeje

    y tu facebook? siempre te quedará el puto bear.
    MUAR!!!!!!

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  2. Alexei es que no sé…desde luego de marido…yo no le diría que no claro…pero…yo soy ms de mi Jordan Jovtchev…pero vamos…

    Mi nuevo novio de aquí…no sé no sé…no me veo yo…ya por el momento hoy uqería llevarme a su casa pero no he querido quedar porque es que no me apetecía… hijo de verdad. Yo necesito ya un bar de desnudarme…esto noe s vida!

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