El árbol y el ejecutivo (extracto)

El árbol naranja, fantasmal, como de ensueño, aparece un segundo, y desaparece. Se va, engullido por la oscuridad, como si no fuera a regresar más, pero entonces, se ilumina de nuevo. Así, cada vez ((con el ritmo lógico, certero, de un semáforo en permanente ámbar que yace abandonado en el lugar, que no dirige ni controla el paso de ningún vehículo, porque cayó, por accidente, en un camino de tierra, que, quizá, fuera a ser carretera en el futuro ya pasado, antes de que el proyecto se quedara en algún cajón o el dinero presupuestado para las obras se deslizara en un bolsillo sin escrúpulos)). La noche de agosto, inusualmente fresca, se abate sobre el entorno con contundencia. No sabe dónde está. Las indicaciones eran confusas y su orientación, de todos modos, no es de fiar. El ejecutivo, aún con el maletín en la mano, con la corbata perfectamente prieta sobre el cuello de la camisa impoluto, desprovisto, eso sí, de la chaqueta, el ejecutivo, a unos pasos de su BMW, observa, de pie, el milagro de la muerte y posterior resurrección del árbol. Una encina, quizá. Un chaparro. Nunca supo demasiado de botánica. Ni de animales. Empresariales no da conocimientos del medio ambiente, es una carrera que te prepara para vivir de cosas inexistentes, de números y trámites inútiles, de pequeñas estafas y grandes decepciones. En cualquier caso, el hombre, de mediana edad, puede que menor, treinta y tantos, con el traje y el coche, con la puerta del conductor abierta, en una carretera de servicio abandonada, está (o se siente) tan fuera de lugar como un oso polar en mitad del desierto. Y, sin embargo, siente la imperiosa necesidad de pertenecer, de formar parte de ese cuadro en movimiento que forman cielo, tierra y árbol intermitentes. Cierra, por un momento, los ojos, y lo siguiente que recuerda es que ha regresado al motel.

Pasan los años para el ejecutivo de mediana edad, que ya no es, seguro, treintañero. Que no quiere decirle a sus padres que ha tenido ya dos parejas sentimentales pero tampoco pretende ocultar sus aventuras a toda costa. Pasa el tiempo, y no olvida aquella noche de agosto en que no sucedió nada extraordinario, al menos, aparentemente. Ha intentado regresar, muchas veces, a aquel lugar, para ver si la magia sigue ahí, si se agotó o si no existió jamás. Pero no halla el camino. Perderse es fácil, pero hacerlo de manera consciente y voluntaria se presenta imposible. Tal vez, a la luz del día, todo sea tan diferente que no lo reconocerá ni aún pasando al lado. Tal vez el árbol fuera pasto de las llamas, del hacha de un agricultor en expansión, de la grúa de un constructor ambicioso y temerario, del trueno insólito, poderoso, primigenio. No puede saberlo. Se pregunta, mirando a su compañero de trabajo distraídamente, si Mario se accedería a chupársela en el baño.

El ejecutivo, gracias al ejercicio físico y a una dieta adecuada, llegó a los 53 años con un tipo que envidiaban los treinteañeros de su gimnasio. Llevaba ya siete aniversarios junto a la misma persona, todo un récord, aunque no supuso ningún esfuerzo porque estaba enamorado. Su madre, viuda recientemente, le conocía como “el amigo”, aunque ambos sabían que la cama y el desayuno compartidos implicaban un afecto más profundo. El amante y amado del ejecutivo cincuentón escribía novelas que jamás publicaba y tocaba el piano aunque no practicaba demasiado porque la pereza era una parte fundamental, casi adorable, de su carácter. Para sus gastos, trabajaba de forma periódica de camarero y profesor particular. Se llamaba David. Él, el ejecutivo, se llamaba Bruno.

David duerme, plácido, sereno, entregado y confiado en el cariño vigilante de Bruno, en el asiento del copiloto. Han ido a pasar unos días a la playa, son los últimos estertores de septiembre pero aún hace calor y Bruno necesitaba desconectar del trabajo, de los números rojos de sus clientes, de los ruegos de deshonesta desesperación, de la realidad. Ha vuelto a perderse pero no debe andar lejos la Autovía del Sur que les lleva de regreso a la capital, a la civilización -a su cama-. La respiración de David es un millón de veces más melódica que cualquier canción de la radio, que cualquier partitura imaginada por el hombre y cantada por voces prodigiosas. La presencia de David no tiene, en sí, nada de prodigio: es corpóreo, terrenal, y obscenamente atractivo. No cae bien a casi ninguno de sus amigos, pero no tiene demasiados y, de cualquier modo, tampoco se ve demasiado con las amistades, así que no importa. Un extraño reflejo en la oscuridad, algo más adelante, le reclamó toda la atención. No es un coche. No se han cruzado con ninguno desde que dejaran la costa atrás. Es noche cerrada y, según los cálculos del tierno, enamorado ejecutivo, no hay un pueblo, aldea o mísero edificio con vida en varias decenas de kilómetros a la redonda. Es una zona desértica de la que quiere salir ya. Nervioso mientras reduce velocidad y se acerca a la zona donde creyó ver ese haz de luz, sube los cristales de las ventanillas y activa el bloqueo de seguridad de las puertas. David sigue durmiendo.

Aminora y, finalmente, detiene el motor. No se oye nada. Tampoco se ve más allá de la calma negrura de alrededor, ahora que ha apagado las luces del coche. Va a desistir, a arrancar y largarse de allí, olvidarse de todo, pero decide asegurarse por completo. Enciende las largas y, justo en mitad del foco de luz, que viola la oscuridad como la primera vez que el Sol arrasó la superficie de la Tierra; frente a él, a sólo dos metros, como un conejo cazado en mitad de una carretera, aparece, sorprendido, un hombre de unos 40 años y aspecto desaliñado, ermitaño, con las ropas hechas jirones, que sujeta con una mano un cuchillo enorme, reluciente, y con la otra agarra del pelo un bulto que es, fracción de segundo, una mujer, que está viva, porque se revuelve, aunque no demasiado, porque tiene los brazos atados, no, porque no tiene brazos, porque donde los tenía, sólo hay, ahora, dos muñones sangrantes, fracción de segundo, los ojos del hombre sobre él, fracción, salto a la oscuridad, las piernas de la mujer, arrastrada por el suelo, engullidas finalmente, fuera del área iluminada por los faros, la nada

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