Reflexiones de un día (escaso) de playa


A veces, en la playa o en la piscina, me quedo embobado mirando a padres y madres jugando con sus hijos. Aunque normalmente soy muy quisquilloso y el más mínimo ruido o perturbación de mi entorno me molesta -pequeños correteando entre las mesas de un bar, gritos en la calle, cuchicheos en el cine-, la situación cambia, o mi humor lo hace, en casos como los del verano. La gente está más relajada, quizá es eso. El ocio por el ocio, la dedicación absoluta a aquello de ser padres.
Me quedo, decía, embobado viendo esas muestras de afecto, los juegos, las risas, las caras de felicidad bobalicona de los progenitores, las miradas de confianza plena de los niños: mi padre es invencible, mi madre es la mejor. Y, hasta aquí, perfecto. Pero, en un determinado momento, me cambia el chip. Caigo en la cuenta, de repente, de que todos a mi alrededor son así: padres, madres e hijos. Todos felices, jugando, siendo familia. Y, sin poder evitarlo, me siento excluido.
Hace no mucho hablaba con unos amigos sobre la necesidad o no del “outing”, esto es, de salir del armario (y de hacer salir a los demás). Ellos, que están muy metidos en el movimiento LGTB (de defensa de los derechos de gais, lesbianas, transexuales y bisexuales), abogaban por la libertad de cada uno a la hora de reconocer su opción sexual a sus padres, allegados o compañeros de trabajo. Y claro, yo también, que no soy ningún nazi, pero lo que no veo tan claro es el hecho de que muchos de los chicos que ellos conocen y permanecen “ocultos” son, precisamente, activistas de estas asociaciones LGTB. O sea, que por un lado, claman a los cuatro vientos que no hay de lo que avergonzarse, nada que temer, que la sociedad nos entenderá, y, por otro, callan en sus casas, en sus oficinas, cierran sus bocas y sus reivindicaciones, sus proclamas de liberación. En casa del herrero, cuchara de palo.
Yo creo, sin embargo, que el “outing” es muy necesario. En todos los ámbitos. Cuando, en la playa, entre tanta familia heterosexual, vea a una formada por dos mujeres, dos hombres o un solo adulto con sus retoños, mi vista y, sobre todo, mi conciencia descansarán. Seguirán, ambas, relajadas, disfrutando del sol, del agua y de tanto derroche de amor paterno-filial, una tregua en el desierto de la monotonía de la vida corriente, que transcurre entre unas vacaciones y otras.

P.D.: a todo esto, los padres me ponen TANTO, TANTO.

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