Humillados y ofensivos (extracto)

Se respira el desaliento total. Algunos ni siquiera tenían ganas para ducharse, se han puesto los trajes sobre los cuerpos sucios, sudados, y lo que todos esperan es llegar al autobús, avión, casa. Olvidar los últimos 90 minutos, los próximos días, titulares, críticas. Perdedores, vagos, malos, más que malos. Sólo os preocupáis de cobrar, no tenéis amor por el balón, por el juego.
Sólo veis dinero, putas, porches, ropa de marca. Os merecéis esto. Os merecéis mucho más, en realidad.
Morientes se siente mal. Ha fallado un gol cantado, el gol que podría haber sido el de la victoria, el del pase a la semifinal. Pero lo mandó al cielo. Se quedó mirando el balón que ascendía por el aire, que parecía querer llegar a las nubes, hasta que el portero italiano le
Empujó para sacarle de su área. Ahora, en el autobús, sentado en la última fila, sin querer hablar con nadie, aún se sintió tentado de pegar la cara al cristal de la ventanilla, y mirar si todavía rondaba por allá arriba el balón. Tenía ganas de llorar.
Raúl andaba como alelado, tal y como se mostró durante el partido, y por eso no es extraño que quedara el último en la cola para entrar al autobús, a salvo de periodistas y fans al acecho. Miraba a los que increpaban sin dar crédito. Hasta los periodistas, los cámaras le habían perdido el respeto, y le colocaban el micrófono como bestias sin alma, y las preguntas eran todas sobre su mal juego, pésimo estado de forma, nulo olfato de gol. Se estaba desesperando, empezó a empujar, ¿por qué no avanzaba aquella jodida cola? mientras trataba de abrirse paso sintió un codazo fortísimo en el costado que le quitó la respiración. Un periodista joven, casi un adolescente, se inclinó preocupado sobre él. Tenía los ojos claros, y a Raúl le tranquilizó no ver en ellos ni furia ni rencor, y con ellos el dolor amainó, se enderezó y el muchacho seguía pidiendo disculpas, y no parecía ser consciente del resto de voces que, a su alrededor, llamaban al jugador traidor, vendido, viejo, retírate, retírate. Raúl se quedó mirando con expresión seria al muchacho, y así lo registraron las cámaras, y así lo veían en sus casas los aficionados, hasta que se dio cuenta de que delante suyo no había más compañeros, sólo periodistas y forofos errantes, tristones, y corrió a subir al autobús, que arrancó de inmediato. Cruzando el pasillo se agachó para tratar de atisbar entre el gentío al periodista, pero sólo vio un mar de cámaras, flashes, dedos mandándole a la mierda.
Por su parte, los rusos tampoco han acabado mejor. De hecho, ni siquiera han logrado ganar un solo partido de la segunda fase, y los puntos de mira se centran en él, el capitán, como si de él dependiera también el juego de los demás, las tácticas del entrenador, el rumbo de su país. Él, Mostovoi, es un hombre seguro de sí, un bloque de hielo frente a críticas y elogios, honores y desprecios, pero todo tiene un límite. El Zar también puede caer, deshacerse en lamentos, encogerse como un niño en las duchas del vestuario y desear que todo fuera una retorcida pesadilla.
Joaquín y sus risas no eran lo más adecuado para la situación, así que a todos les pareció bien que el entrenador le mandara callar y retirarse al final del autobús. Morientes le vio venir, sintió impulsos de levantarse, cambiarse de sitio, pero no había mucho más para elegir. Al menos esperaba que se sentara en el otro extremo de la fila, pero no fue así. Llegó, sonrió al jugador del Mónaco y se sentó junto a él, al tiempo que Joaquín, los ojos verdes de Joaquín le guiñaban. Este guiño no significaba nada. Morientes no era amigo suyo, no habían hablado más que en el campo. Le fastidiaba la simpatía terca, el optimismo (o la indiferencia) del sevillano, y como respuesta sólo se obcecó en su mutismo.
Eh, Moro.
Aquel chico no podía dejar la boca quieta.
Me llamo Fernando.
El Moro para los amigos.
Morientes le miró fijamente, podía decirle “tú no lo eres”, acabar así la conversación, puede que lograr que se marchara. Lo iba a hacer pero se encontró de nuevo con esos ojos, allá, en su interior, podía ver un mar turquesa, y los afectos en espera, las ilusiones recuperadas.
Se movió en su asiento, nervioso. Le estaban dando unas tremendas ganas de besarle, de hacer entrecerrar esos ojos con un beso húmedo, oscuro, que hiciera rendirse a l otro, que pidiera clemencia, rendición.
(continuará…)
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