Tintín, tostón y la invasión del 3D

“Tintín”, la nueva de Spielberg, no solo me produjo aburrimiento y un ligero cabreo por gastar más de 6 euros en semejante patochada carente de alma y, por supuesto, de cualquier relación directa con el comic en el que se basa. También me hizo sentir una profunda tristeza, al pensar en todo el dinero y esfuerzo invertidos, en todo el 3D, en toda la publicidad, todas las críticas de expertos poniendo una película ínfima, infinitamente olvidable, por las nubes, como si fuera la recuperación del mejor Spielberg, el buque insignia del cine 3D.

“Tintín”, en adelante “Tostón”, tiene unos créditos iniciales engañosos: rezumantes de talento, de creatividad visual, de originalidad, de arrojo. Cualidades que se echan a faltar asombrosa, descaradamente el resto de las dos horas de metraje.

Los personajes están vacíos, la aventura, intrigante en el tebeo, se hace aquí monótona, sin sentido, explicada a trompicones unas veces y otras reiterativa hasta la extenuación. Las escenas de acción fagocitan el film, lo devoran sin piedad y hacen ver, descarnadamente, que la única excusa para que Spielberg se pusiera manos a la obra con Hergé era, simplemente, hacer una montaña rusa en tres dimensiones. Una atracción brillante, ruidosa, pero falta de talento, de espíritu, de amor.

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