Yo votaría a un político que llorara

Micropolítica, le dicen ahora. Arreglar un bache que jode la vida a los vecinos de tal barrio, poner una barandilla en un desnivel peligroso, arreglar las farolas del parque de enfrente de tu casa. Macropolítica, por contra, es el alto estandin, lo que se supone debe hacer el presidente del Gobierno, sus acólitos y sus opositores. Y que no hacen, desde luego. Ni ahora, ni desde hace mucho tiempo. Ni con barba, ni con cejas en v.
 
Hoy bajaba por el Paseo de España de Jaén y el verde soleado del Parque del Bulevar, a mi izquierda, atraía mi mirada mientras me dirigía en mi amado Polo al trabajo. Una zona muy conocida, multifotografiada por adolescentes, es la de los cubos, una suerte de instalación –que se ilumina de noche- de cubículos de cristal de gran tamaño que ponen una nota de originalidad en una ciudad tan poco dada a la sorpresa y lo fuera de la norma. Hace ya unos meses, uno de ellos se quebró, se rompió, y grandes trozos de cristal quedaron durante unos días sobre el césped, como el sueño roto de un niño que descubre que los Reyes son los padres. Tras un artículo en el periódico, los cristales fueron convenientemente retirados y se acordonó la zona, de unos dos metros cuadrados, como si hubiera sido el escenario de un crimen. En mitad del césped, de la pacífica tranquilidad de esa zona verde, el acordonado destaca, parece una exposición de arte ultramoderno. Pero es, simplemente, el símbolo de la política moderna, sea micro, macro o mediana: el tú más. El Ayuntamiento no lo arregla porque es cosa de la Junta , la Junta no lo arregla porque es cosa del Ayuntamiento. La administración x dice que no tiene dinero, y la administración x2 replica que no se lo hubiera gastado en tonterías. Los del PSOE despilfarraron y ahora no tenemos euros, los del PP solo saben recortar a los más pobres. El resultado, que el espacio del parque sigue allí, acordonado, testimonio claro de la inutilidad de la clase política de nuestros días.
 
Mientras me alejaba de allí en mi coche y me adentraba en las soledades del polígono industrial de un domingo por la mañana, pensé qué bonito sería que un político, fuera concejal, alcalde, delegado o presidente del Gobierno, de la oposición o del último partido político en votos, me da igual, que uno solo, con responsabilidades a su cargo, dijera BASTA. No, no puedo poner otro cubo en el parque. No tengo dinero. O no sé cómo hacerlo. No sé si corresponde a mi administración. Tengo muchos asuntos pendientes. Necesito ayuda. Qué emocionante sería que un político se plantara frente a los medios de comunicación, en mitad de una rueda de prensa cualquiera, y confesara: Necesito ayuda. No sé cómo hacerlo. Que, en lugar de echar la culpa a los opositores políticos, a la crisis económica, a los malhechores de turno, a la mala estrella, a la Merkel , a los Bancos, a los escraches, a los Bardem, que en lugar de echar la culpa asumiera su incapacidad, aunque solo fuera durante unos instantes preciosos, mágicos. Que llorara de impotencia, que demostrara que es humano, que se preocupa, que la tensión de su responsabilidad le estalla en la cara, le impide actuar. Yo votaría a ese político sin dudar. Sin importarme de qué partido fuera.
 
Bueno, excepto

si fuera de UPyD.

 
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