Fantasmas.

Dice mi abuela, y lo cuenta tan tranquila, una de las mañanas que la acompaño a desayunar a su cafetería favorita, que mi abuelo, que lleva muerto dos años, se le aparece en plena madrugada en el dormitorio. Que le habla, le toca, da palmaditas en la cama, le roza la frente, y luego desaparece. Y dice mi abuela, con toda su santa lógica, que luego se le va el sueño y no puede dormir bien ya esa noche.
Replica, entonces, su amiga, otra que está presente en la conversación matutina, que eso serán sueños. Que a ella también le pasa.
Y yo callo, y pienso que a mí también me pasa. Con mis fantasmas particulares, los vivos, y los muertos. Los que se aparecen y no deberían, y los que muero porque den señales, pero muero en vano, día tras día.

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