CINE. "Permanent Residence", de Scud. HONG KONG, 2008.

Qué extraño es el cine, qué errático, o caprichoso, quizá. Y cómo depende, casi al 90%, de tu estado de ánimo, del espectador, mucho más que del creador, y de la calidad de la obra en sí. 

 Empecé a ver “Permanent Residence” con cero expectativas. Una película “de temática gay”, o “gay-themed”, como se pueden buscar en Emule y otros sitios. De nacionalidad asiática, con lo que nos podíamos temer lo peor, ya que la visión homo de algunos de los países de ese continente no distan mucho de la que tenían las pelis de Ozores, aquí en nuestro terruño de paro y desolación, de PP y corrupción, de reyes y mendigos. De hijos de puta en la calle y desesperados en la cárcel.

Empecé, digo, a ver esta peli. Tenía un protagonista guapo, una historia tierna, inocente, algo trillada. Chico se enamora de chico. Pero el objetivo es hetero, lo que no sabemos si enardece aún más la pasión del prota. Seguramente sí. Entre los devaneos, más o menos graciosos, amorosos, el director cuela, a veces con bastante acierto, con chispazos de una profundidad inesperada, reflexiones sobre la muerte, la familia, la verdadera amistad. Sobre el significado de la vida, del trabajo, y de la muerte, de nuevo. La muerte pasa por el metraje como un hilo conductor, en primer plano por momentos, pero, en su mayoría, por debajo, subterránea. Audible, perceptible como el ronroneo de un tren en un bloque de apartamentos barato de una ciudad americana cualquiera.

 

Luego están los desnudos. Tan frecuentes, que llegan a ser parte del paisaje. Bien rodados, como los planos “vestidos”, en los que el director gusta de introducir el mar, la lejanía, el atardecer. El cliché reaparece, aquí visualmente, pero no empalaga, o no demasiado, aunque se repite.

La parte final se desnuda emocionalmente y se viste físicamente. Las cartas están sobre la mesa, las del protagonista, el antagonista, las del propio director. La muerte se hace con las riendas, mientras el chico sigue gritando, clamando su afecto, “de rodillas, pidiendo perdón”, que cantaba Elbicho. Nada funciona. O puede que sí. Un cierre atípico, original, para una película que, con sus dos horas de metraje, no se hace larga. Al menos, a mí no. Pero ya lo dije al principio. Estoy fatal.

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