DOCTOR WHO: De cuando Romana era morena

¿Cuántos acompañantes ha tenido el Doctor? Más de cien, al menos. Yo, que voy por el Quinto, habré conocido ya, al menos, a una treintena. Quizá más. Algunos duran mucho, hasta sobreviven al Doctor en la reencarnación. Otros, fugaces, llegan y se van sin mucho ruido.
Con independencia de las jornadas reales que pasan a bordo de la Tardis, unos “companions”, por razones no del todo claras, llegan más al espectador. O, mejor dicho, a mí. Porque ya he dicho por ahí que mi Doctor favorito till now es el Tercero y me tildan de decirlo por #postureo.
Uno de esos casos es Romana, pero de la morena. Es decir, de la primera encarnación que conocemos de este personaje que es, además, … hum… ¿debo contarlo? Ah, espera.

SPOILER ALERT

De este personaje, decía, que es el primer acompañante del Doctor que es, a su vez, Doctor; mejor dicho, que es de su planeta, de su raza, una Time Lord, y tiene tantos -o más- inteligencia y poder que él.
De lo que nadie puede dudar es de que la Black Romana es uno de los rostros más bellos que han pasado hasta la fecha por los universos infinitos de Doctor Who.

En determinado momento, sin muchos miramientos, sin demasiadas complicaciones argumentales, Romana pasa a ser rubia. A ser otra actriz. Se supone que el personaje es el mismo, pero, ay amigos, a mí no me lo parece. En absoluto.
Y uno se pregunta, con cierta tristeza, qué llevó a los productores de la serie a prescindir de la joven morena de mirada hiptnotizante, plena de misterio, de ambigüedades, como debe ser una Time Lord, en especial, una fugitiva como el propio Doctor. Si fue decisión de la actriz, que se aburría en esta ciencia ficción tan rara; si fue cosa de los guionistas, simplemente. ¿Lo sabéis? ¿Lo sabremos?

No sé. Yo la echo de menos. Como a la Salvaje, tan guapa también. Como a la primera pareja de acompañantes, los adultos, los del Primer Doctor. Como al escocés, aunque puede que a este, por motivos ajenos a la trama y más cercanos al kilt.

Solo quería escribir unas líneas para Romana. E imaginar que las lee, allá en su retiro, y sonríe.

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