Carta para A. (escrito de 2007)

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Te recuerdo, y me veo en la necesidad de honrar tu memoria con un libro, pero dedicártelo inflamaría aún más tu ego (leyenda), y por eso lo haré dándote otro nombre, y que sea en otra persona donde las páginas de este relato te embellezcan. Que el homenaje y el canto te llegue en forma distante, como la lluvia que cae fina y lenta, sin llegar a mojarte.
Te llamaré Ana, y serás una chica, y serás mi amante.
Con todo esto, comencemos.
    Punto primero, todavía te quiero.

La nieve forma parte de estos recuerdos que me atormentan y que llevan tu nombre, Ana. Nunca nieva en Madrid, pero la noche que nos conocimos lo hizo, y a la mañana siguiente, desde la habitación de Paula, veía la nieve con la sorpresa de la liebre que aún no ha mudado el pelaje estival, parduzco, y será presa fácil de los zorros. Y, mientras, hablaba contigo por teléfono, y tú me preguntabas si tú me gustabas un poquito. Tragué saliva en ese momento, y la nieve debió derretirse con mis rubores, tan fuera del tiempo, tan absurdos, tan llenos de vida.
      Punto segundo, todo ha acabado.


(Taglines: Creo que este es mi libro de autoayuda. Creo que esto lo va a plagiar Lucía Etxebarría).

Pongámonos a pensar, por unos minutos, qué tienes de especial. Dejemos aparte que seas el hombre de mi vida, Ana. Que seas perfecto en cada arista para encajar en mis imperfecciones. Dejemos eso a un lado, tratemos de ser objetivos.
Por un lado, parece innegable tu belleza, o al menos, tu atractivo físico. Tu cabello, tu sonrisa, poco más. El resto son condecoraciones que te impuse. Y con todo ello, si somos realistas, no sumas demasiados puntos.
Pero vayamos al interior, a tu carácter, a eso que te haría singular, la chica irresistible, aquella por la que penar  un año tras otro en calabozos turcos, oscuros, lóbregos.
La rareza, el desequilibrio o la singularidad de tu personalidad pueden agotar.La simpatía, sí, te hace sumar enteros. Aunque los pierdes al darnos cuenta de que no es una cualidad selectiva, que para todos es igual, que no discriminas tus afectos (que le restas importancia a tus propios hechizos, como el mago cansado de sus encantamientos; y el ser consciente de tu nombre y de tu poder, para propagarlos, lo es todo, mi querido Merlín, mi pequeña aprendiz de nigromante).
Así que, ¿qué te queda? No pareces demasiado especial. Lo terrible, lo trágico es que lo eres.
     Punto tercero, el tiempo debería curar esta enfermedad.

Comencé justificando este libro con mi necesidad de cantar tus alabanzas, como Petrarca hizo con su Laura, yo a mi adorada Ana. Pero no, no es así. Hago esto para conjurarte. Para poner sobre el papel tus encantos, y mis miserias, y que todo junto cobre sentido, y se haga vulgar y pueda olvidarte con tranquilidad, con sosiego. Escribo para borrarte, Ana. Que quede claro.

                            Punto cuarto, te pedí que me quisieras, pero bajito.

(extracto)

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