Telón

Te vas a reír cuando te cuente esto, abuelita. Se equivocaron cuando pusieron tu nombre en la esquela. Josefa Jiménez, decían. ¿Josefa? Todo el mundo sabe que tu nombre es Pepa. Así te llamaban tus amigos, tu familia. Pepa o Pepi. Abuelita, así te llamábamos tus nietos, tantos que tenías. Así te seguiremos llamando, en silencio o en voz queda, cuando te recordemos.
Es que no dieron una. ¿Te puedes creer que, a la hora de despedirte, en tu escena final, ibas con un traje chaqueta normal, tonos ocres? Tú, que eras costurera de las de antes, de las buenas, de las que, con un vistazo a la Venca, sacabas el vestido a medida y lo mejorabas. ¿Que ni siquiera llevabas la uñas pintadas de rojo, cuidadas, como te gustaban? Tú, que trabajabas hasta la noche, en el piso o en el campo, y, con el alma rendida, sentada al fin, los pies sobre una silla, encontrabas tiempo y ánimos para mirarte las manos y quejarte de la manicura. Que ni llevabas, Pepa, con lo que tú lo lucías, el abrigo de visón negro que tanto te gustaba, ese con el que parecías una actriz de Hollywood bajando de un avión en Barajas rodeada de la prensa. Ni tacones, abuelita.
No sé. Todo se hizo con mucha precipitación, a lo loco, pero tienes que disculparnos, porque ninguno esperábamos esto, para serte sincero. Quién iba a imaginar que Pepa pudiera irse así, de la noche a la mañana. Quién lo hubiera creído posible. La inmortalidad parecía tu condición innata, natural. Lo innatural, lo contra natura, fue lo que sucedió.
De cualquier modo, no tengas ningún temor respecto a eso. Una persona permanece en la medida en que la recuerdan, y sé de muchos que lo harán, que lo haremos, mientras vivan; que contarán cómo eras, que escribirán sobre ello, que pensarán en ti. Me viene rápidamente a la memoria -como si fuera una película, un “sketch” de esos que te grabas y te pones una y otra vez, para alegrarte un mal día- la broma que te hizo tu mejor amiga, esa vecina de la Avenida Madrid. Te llamó por teléfono. Se hizo pasar por una operadora de Telefónica. Sabe poner voces, tiene alma de cómica. Quería comprobar la línea. “¿Puede levantar un brazo?”, preguntó, con voz inocente y profesional, mientras, seguramente, reía a carcajadas en su interior. “¿Me oye bien? Levante el otro brazo”, y tú obedecías, presta, confiada en la respetabilidad de Telefónica. Brazo arriba, brazo abajo. “Ahora, la pierna. ¿Me oye mejor?”, y mientras, la supuesta operadora, vecina puerta con puerta, veía todas tus piruetas, teléfono en mano, desde su ventana, hasta tu ventana. Tú misma contabas la inocentada, entre risas. Qué bien reías, Pepa. Se iluminaba la habitación, reían contigo hasta los geranios, los jarrones. Ese jarrón al que me decías que no diera vueltas, que daba mal fario. Ese jarrón también sonreía, en su corazón de cristal, cuando te oía a ti reír, en esos fogonazos de vida plena, sin fisuras.
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