Lee gratis el comienzo de mi novela “Mares pacíficos”

Mares pacíficos

una novela de antonio heras

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primera parte

prólogo: carta incompleta

Ayer regresé al valle de los cerezos, junto a la casa del guarda, donde solíamos ir a pasar las noches, a huir del mundo unas horas y pensar que tú+yo era la única fórmula viable para existir.

La noche anterior había llovido y la tierra estaba mojada, me tumbé sobre la hierba, bajo un viejo roble, y cerré los ojos.

Creo que el ruido de los árboles me acercaba a Dios, quiero decir, a ti.

Sí, el sonido dulce y primigenio de las hojas evocaba en mí tu recuerdo, lo agitaba como la caída de una piedra remueve el tranquilo lecho de un río dormido.

Tantas veces imaginando finales para esta historia, aunque sé que sólo habrá uno, un final que me consumirá, que arrastrará poco a poco cada partícula de mi felicidad (la que a ti debo), que, al fin, extinguirá tu nombre de mi cuerpo; un final que es mi vida, Víctor”.

capítulo uno

Ocultaba tras las lentes de hombre respetable y adinerado unos ojos de aspecto dolido y color oscuro, bajo una frente ancha y surcada por profundas arrugas de pensador; la nariz, grande y recta, dominaba todo el rostro y abría paso a unos labios pequeños, algo mortecinos, y a una barbilla redondeada como sus mejillas. Su tono de piel era de un pardo apagado, sin brillo, semejante al del cabello, corto y cruzado de plata en las sienes.

Su voz apocada, melancólica, que parecía el eterno ronroneo de una máquina yacente, se ajustaba a la perfección a su trabajo y a su vida familiar; en ambas facetas su existencia transcurría entre la placidez de lo conseguido y la monotonía que crecía en su interior y le absorbía, le consumía en silencio y con una lentitud aterradora.

James fue, por otra parte, un niño tranquilo, normal, criado fácilmente en un hogar cálido y, desde sus despreocupadas mentes infantiles, feliz. Padre y madre sonreían, hablaban a la hora del almuerzo de las cosas de adultos y salían arreglados con dignidad cada mañana de domingo para misa. Y algunos sábados, tratando de aparentar una posición que no tenían, acudían al teatro dejando al pequeño James al cuidado de la casera.

La familia Blacksmith vivía con comodidad -exenta de lujos excesivos- en tres habitaciones alquiladas en una casa del barrio obrero de Vauxhall, cerca de una fábrica de metalurgia que emitía desde el alba hasta la puesta de sol un humo espeso, gris, el cual, a pesar de puertas, ventanas y persianas, se introducía en los cuartos y se depositaba como un moho sucio y de olor amargo sobre las paredes, los muebles y los pulmones.

Fuera o no por estas inhalaciones, su madre siempre estuvo enferma, aquejada de problemas para respirar, de fiebres extrañas y sin demasiado ruido, tal como había vivido, murió entre toses leves y sangre escupida en la almohada cuando James tenía catorce años. Inmediata y calladamente echó de menos su sonrisa, sus palabras calmas y amables. Su padre, una persona reservada y adusta, si no severa, cuidó de que su hijo acabara los estudios elementales y, con la ayuda de algunas amistades, consiguió colocarle de oficinista en una editorial a los dieciséis, y de forma gradual se fue separando de él. Por este motivo a James no le sorprendió su marcha definitiva: una tarde, después del trabajo, encontró las habitaciones vacías, a la casera enojada y una nota sobre la mesa del comedor en la que se le informaba que Mr. Blacksmith había regresado a su pueblo natal, en el Norte. Y no volvió a verle.

No le guardó rencor por esta marcha, que se podría considerar un abandono, pues si bien le dejaba solo en la ciudad (no disponía de parientes o amigos a los que acudir), desde antes del fallecimiento de su madre, casi desde que tuvo consciencia adquirió un resignado y oscuramente orgulloso sentido de la independencia.

Trabajaba mañana y tarde toda la semana. No necesitaba tanto espacio, con lo que trasladó los enseres necesarios al cuarto mayor y abandonó las otras dos habitaciones, vendiendo muebles y ropas. El sábado a la hora del té iba al Club de la I.P. (Iglesia Protestante) para leer el periódico, jugar a las cartas o pasar el rato viendo a los demás socios, en su mayoría viejos con problemas de espalda y una memoria lacrada en la que sólo tenían cabida historias de increíbles heroicidades de una juventud lejana e inalcanzable. Pese a su comportamiento afable y educado, presto a escuchar y callar, no hizo ninguna amistad, aunque siguió acudiendo incluso tras su matrimonio. Los domingos estaban reservados a la práctica religiosa; por la mañana escuchaba misa y reflexionaba sobre sus acciones, por la tarde no hacía nada y guardaba un ayuno de carne aprendido de su madre (les decía a sus hijos que lo mandaba Moisés en la Biblia, en realidad James supo años ha que esa cita no existía pero continuaba la tradición con una regularidad cargada de cariño y añoranza).

De vez en cuando escribía a su padre largas cartas en que pormenorizaba al detalle sus quehaceres diarios, más por el placer de escribir, de comunicarse en una especie de monólogo sin respuesta, que por el hecho de hacer partícipe a su progenitor de sus vivencias. Una vez al año, por Navidad, recibía una escueta felicitación escrita a mano con letra titubeante, de proporciones gigantescas y una ortografía fallida que, en sus errores, le conmovía.

En esta rutina continua y cerrada a toda influencia del mundo exterior dormitaba el muchacho, sacudiéndose suave y temporalmente de ella para, con su mayoría de edad, casarse con una agradable y sencilla joven de orígenes provincianos, a la que conoció por las visitas que ella prodigaba a una amiga enferma que residía en una habitación contigua a la de James.

Al año siguiente, cumplidos los veintidós, recibió la noticia de la muerte de su padre y del nacimiento de su hija, a la que seguirían otra niña y el varón esperado para perpetuar el apellido. Contaba entonces con un puesto y un sueldo de mayores proporciones, y junto con los ahorros (pues desde que empezara a trabajar había llevado un rígido control de sus gastos) pudo comprar un apartamento amplio y tranquilo en el centro, cerca del Parque de la Reina, alejándose para siempre de las paredes insanas y el humo gris de la vivienda de los padres desaparecidos. Era el paso último, con el que rompía todos los lazos con su pasado. Extrañamente no se sintió libre, liberado de ningún yugo. No se daba cuenta de que el yugo yacía en su interior.

capítulo dos

Durante el tiempo posterior a la compra de la nueva casa (mudanza obligada con la llegada del tercer hijo), Mrs. Blacksmith siempre tenía asuntos que atender, jamás encontraba una tarde desocupada para tomar el té tranquilamente como, según parecía, hacía el resto de las damas de la alta sociedad. Pero ella, y este punto lo obviaba Mrs. Blacksmith, no pertenecía a la alta sociedad. Lo cual no quiere decir que estuviera resentida por esta razón, ni con su marido ni con la aristocracia que, en su indiferencia, la menospreciaba, que la ignoraba, que no la invitaba a unas reuniones íntimas y selectas a las que ella, de todos modos, no podría acudir por falta de tiempo (y de vestidos, modales,… por falta de tantas cosas imprescindibles para ser alguien en estos días que corren).

A pesar de lo dicho, Mrs. Blacksmith era demasiado modesta para pararse a pensar seriamente en ello, si acaso se planteaba la mera posibilidad de haber tenido más dinero (si hubiera hecho caso a sus padres y se hubiera casado con el enjuto señor Miles), era únicamente porque sabía que nunca iría más allá de eso, de ser un inofensivo pensamiento.

La vida se sucedía, pues, en una tranquilidad carente de sorpresas que algunos interpretarían como felicidad, y que podría serlo en efecto.

Actualmente el trabajo de Mr. Blacksmith consistía en supervisar, dar órdenes, corregir el trabajo de otros que estaban a su cargo, cenar con los directivos y los colegas de otras empresas, comentar lo mal que iba la política exterior en el África Negra y firmar contratos de despido y, en menor cuantía, de nuevos empleados. No necesitaba para ello de ingenio ni atención desmesurados, y su mente dormitaba en tanto su cuerpo procuraba distraer el sopor mediante los paseos matutinos hasta el edificio estatal de Correos y Telégrafos. Su creciente posición en la editorial le había permitido mudar recientemente, por segunda vez en escasos años, a la familia a un barrio más caro, a una casa más grande y lujosa, situada en la periferia de la ciudad y cuidada por tres personas de servicio: Ted, el mayordomo; una cocinera; y una doncella para su mujer. Aún no disponían, no obstante, de los servicios de un cartero en una zona tan alejada del centro, y debido a este pequeño contratiempo él mismo o su mujer debían acudir periódicamente al edificio de Correos, que no distaba en exceso del emplazamiento de la editorial, y por ello James asumió la tarea semanalmente. No es que recibieran demasiada correspondencia, ni de importancia, bien al contrario; empero esta tarea se volvió al cabo de los días tan maquinal (o tan natural) para James como el beso de despedida a su mujer cada mañana al salir de la cama, o el de bienvenida. En ambos casos la señora Blacksmith lo recibía con indiferencia levemente teñida de cariño, y sin embargo era un acto ritual de suma importancia, un cimiento de sus relaciones tan sólido que el día en que fue interrumpido ella sospechó inmediatamente que su marido la engañaba o ya no la quería. Y no podía decidir qué opción era la más terrible. Pero esto ocurrió un poco más adelante.

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