Recordando “11 fotógrafos armados” (1): la serie de Javier Pino

Hace ya más de dos años reuní a 11 fotógrafos que admiraba para hacer un proyecto que mezclaba la literatura con la imagen en una especie de juego transoceánico: realizar una muestra en la que un artista gráfico retrataría un relato contenido en mi libro “Armado de impaciencia”. 11 fotógrafos para dibujar con su cámara los 11 relatos de la obra -mi primera publicación.

Visto ahora, me siento aún más orgulloso de haber logrado reunir a un conjunto de talentos de la talla de CainQ., Mano Martínez, Jamil Hellu, Roberto Fernández González,… Gente de España, de Estados Unidos, de México, de Chile. Qué afortunado fui.

Así que he decidido hacer un recordatorio, que sirva también de homenaje, para todos los que me ayudaron a hacer realidad la exposición “11 fotógrafos armados”, y comenzaré con el chileno Javier Pino, encargado del relato “Monasterio”. La foto elegida para la exposición fue esta:

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Sin embargo, Javi -permíteme llamarte así, ya que nos cruzamos una vez por Santiago fruto de la casualidad, aquella que me hizo conocerte por los turbulentos lares de internet- realizó toda una serie fotográfica que yo, por aquel entonces, rodeado del caos de la organización de la muestra, no pude, supe o quise afrontar, quedándome solo con una imagen, la de la bañera -preciosa, impactante, perturbadora siendo sutil- y descartando el resto. Revisadas ahora con calma, creo que, en realidad, estas fotografías de paisajes desolados y personajes deslumbrados por focos desconcertantes, de ascendencias lunares, dicen mucho más del “Monasterio” y de sus personajes que la imagen escogida en 2015. Las dejo por aquí con extractos del relato.

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El monasterio fue construido durante la invasión gala, solo tiene un par de siglos, pero sus piedras, grises y húmedas, aparentan milenios, sus pasillos oscuros, sus ecos nocturnos, todo evoca la anciana liturgia, el medievo y los recuerdos de un mundo que todavía se resistía a dejar de ser puro, salvaje. El bosque, sin embargo, rodea aún hoy el monasterio, lo envuelve en una suerte de embrujo, fuera del tiempo, del espacio, donde los hermanos solo han de rezar y hacer sus tareas diarias, y la simplicidad que conlleva les hace tan felices como puedan haber imaginado nunca.

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Bruno siempre había esperado de David un afecto pasivo, seguro, que no necesitaba de ninguna acción o actitud por su parte para mostrarse, ni siquiera del suyo para corresponderle. Notaba sus miradas, apreciaba en sus palabras aquella dependencia, que hubiera sido lazo de haber intervenido él, y no lo hizo, y no porque sintiera que traicionaba algo o que lo fingía.

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Cogió en la oscuridad las llaves del portalón y algo de dinero, por si fuera necesario, se pasó la mano por el cabello recién peinado y salió del pabellón de las celdas con los pies descalzos, los zapatos en las manos. Ya en el exterior se calzó, con la luna alumbrando el camino: el bosque, las montañas, el suave murmullo de la carretera lejana, llamándole como una amante a un bandido del desierto en un antiguo cuento árabe.

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Es un monasterio enclavado en el valle, rodeado casi por entero por las montañas del norte, por la niebla que sube del río, por la pereza de la vida del bosque a su alrededor. Pero la civilización también lo ha alcanzado al fin y, si te quedas quieto y callado en el mismo patio, puedes oír algunas tardes el susurro obsceno de los coches que pasan a toda velocidad por la carretera, más allá del río, exhalando urgencia por abandonar ese páramo sin tiendas ni artificios, sin signos de modernidad con los que extasiar los sentidos, los burdos colores, las sensaciones roncas, renqueantes.

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En una de esas ocasiones, tendría 8, 9 años, habían montado una carpa en la plaza del pueblo, y David se acercó, asombrado, creyendo que iban a quemar a alguna bruja, a matar a un mártir, o a un santo, y bajaría Dios de los Cielos, hecho luz, y le salvaría, aunque todos quedarían ciegos, como San Pablo, ciegos y maravillados, pero no, era otra cosa, había una gran tela blanca, y todo a oscuras, y la gente sentada en el suelo, otros en sillas, todos en silencio, con el respeto que se respiraba en las misas de difuntos; David se refugió en un rincón, abrazado a la cesta llena de carne que acababa de recoger de la vaquería, carne cruda, sangrante, cuyo olor le empezaba a marear, y de pronto algo estalló, sin ruido, y todos miraban sorprendidos hacia la tela, iluminada por un relámpago, y David ahora, en su celda sin luz, echado insomne en el duro lecho, se sonreía pensando en su asombro de años atrás, en cómo la película, los hombres y las mujeres, la historia y la música, empezaban a desfilar ante sus ojos, y la gente que reía o aplaudía o abucheaba, y aunque el pequeño David no alcanzaba a comprender del todo quiénes eran los buenos y quiénes los malos, si es que los había, disfrutaba tanto de aquello que llegó a olvidar el olor de la carne, y las moscas que rodeaban la cesta y se posaban sobre ella, sobre su cara sorprendida, y ni siquiera acertó a apartarlas de un manotazo hasta que la proyección cesó, y el revuelo de los vecinos al salir del recinto le recordó que ya había anochecido, que el hermano Nicolás estaría esperando, preocupado, y el hermano Manuel daría vueltas en la cocina, y el Abad se enfadaría mucho, y con toda la prisa que pudo corrió hacia el monasterio, llorando y bañando de lágrimas templadas la carne ya podrida por las moscas, y tropezó por el camino una o dos veces, desparramando los trozos de carne por el suelo polvoriento, incomibles ya, y David ahora volvía a sonreír, y se levantaba de la cama desnudo, se envolvía en la manta, inconscientemente, como lo hace un rey con su manto, con esa majestad y con esa belleza, y, descalzo, llegaba hasta la ventana, quitaba los postigos y observaba el exterior helado, la lluvia azotando el edificio silencioso, dormido, y tal vez las cosas no fueran tal y como las recordaba, y la película fuera solo un documental sobre la guerra, y la cesta contenía fruta y no carne, y él se salió a la mitad de la proyección, y no llegó tarde, y todo salió bien (como siempre). Pero es que David, envuelto en su manto real, tenía la certeza de que no había llegado a tiempo, que llevaba 23 años de retraso sobre algo o alguien. La duda era qué, quién.

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Por último, este es el texto que acompañó el evento de Facebook sobre la inauguración de la muestra en Madrid, en el espacio Lanau, y la preciosa invitación que se marcó el gran Roberto González Fernández. Ya iré subiendo las otras, que también molan molto. ¡Hasta el próximo post!

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Justo un año después de la publicación de “Armado de impaciencia”, el libro de relatos ganador de la primera edición de los Premios Queer de Luhu Editorial, llega la exposición “11 fotógrafos armados de impaciencia”. En ella, artistas de varias nacionalidades han plasmado una de las 11 historias recopiladas en el libro de Antonio Heras.

Los fotógrafos participantes son Jamil Hellu (San Francisco, EE UU); Javier Pino (Chile); Erik Meneses (México); y los españoles Delma Alvárez, Jorge Alcalde, CaínQ., Mano Martínez, Javi Albors, Ana Pancorbo, Juan José de Frutos y Roberto González Fernández.

Para Heras, natural de Jaén y residente en la capital madrileña, “Armado de impaciencia” supone su primer libro publicado, y se encuentra en la actualidad terminando dos novelas de dos géneros dispares: el mundo periodístico y la ciencia ficción vampírica.

La exposición “11 fotógrafos armados de impaciencia” estará durante un mes abierta al público en la sala y espacio de co-working LaNau Espacio Creativo de Madrid (calle Mallorca, 4), donde también se podrá adquirir un ejemplar firmado del libro “Armado de impaciencia”.

 

***POSTDATA SPAMÁTICA: “Armado de impaciencia” se puede adquirir en la web de la editorial Luhu en formato ebook o papel. Y si te lo compras, me harás muy feliz y te invitaré a una cerveza si nos vemos algún día.***

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