El detector de tesoros

Hoy estuve en una playa nudista donde, el verano pasado, conocí a un hombre curioso. Hacía un calor mortal, era mediodía, y yo estaba sobre una mini toalla achicharrándome sin sombrilla; se me acercó con la excusa de “espero que te hayas puesto protector”, sentándose a mi lado sin más. Llevaba un pantalón corto que le quedaba grande y se bajaba hasta el límite cada cierto tiempo, levantándose para mirar aquí y allá, volviendo a sentarse, cada vez más cerca de mí, en la arena. Sonriendo, a la espera de una señal, un gesto de aquiescencia por mi parte. Creo que me dijo que era marroquí, pero no recuerdo su nombre. Los dos sudábamos al sol apabullante de julio, y no se veía a nadie por los alrededores. Alguna figura lejana metiéndose en el agua, otros yéndose a comer. Yo me preguntaba qué hacía allí todavía y él me tocaba la barriga y el pecho velludos.

– Me encanta, todo pelo.

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Y se llevaba los dedos a la boca, como un gourmet, para corroborar su afirmación. ¿He comentado que estaba borracho? Lo estaba, y mucho. Me ofreció varias veces beber de su botella de whisky, así, sin rebajar ni nada, a 35 grados a la sombra -no, gracias, quiero vivir algunos años más. Trataba ahora de agarrarme la polla mientras le dedicaba piropos (es genial ese tamaño para meterlo en la boca, estará muy rica, me encantan así) aunque yo estaba reticente: ahí en medio de la playa, con esa calorina encima, y un detalle: mi compañero de duna no tenía casi dientes aunque no superaría los 40 años.

Tras rechazar con amabilidad su invitación a una felación y, acto seguido, a un anal (mostrándome un culo terso y broncíneo, muy apetecible la verdad), mi amigo pareció relajarse -en lugar de disgustarse- y soltó la lengua todo lo que se lo permitía el alto grado de alcohol en sangre.

Me contó sus planes para salir de allí, para escapar de esa tierra desde donde, en días claros, todavía se podía ver su continente de origen, aquel al que no quería volver. Pero este lugar tampoco parecía mucho mejor: el único trabajo al que podía aspirar era la explotación, la semiesclavitud en un invernadero, en el campo, en la fábrica ilegal. Mi amigo etílico iba a reunir algo de dinero, me contó, acariciándome, ya sin asomo de lascivia, el pecho y el estómago, suave, amablemente; la pasta justa para comprar un detector de metales. Lo usaría en esa playa unas semanas, sacando algunos objetos de valor a la luz para reunir más dinero con el que comprar, esta vez, el billete de escape: huiría a tierras catalanas, a una parte de la costa donde, según había investigado (me guiñaba el ojo, muy seguro de su información) había millones de euros enterrados a apenas un palmo de profundidad. Esperando que gente lista y preparada como él los desenterrara. Asintió con la cabeza, más para sí mismo que para su oyente y, poco después, me sonrió. Me dio dos besos, me besó la mano, luego la parte baja del estómago, y se levantó, alejándose con torpe alegría. Poco después cogí mis pocos bártulos y me fui a casa, esperando que las horas más duras del sol se esfumaran.

Hoy, mientras caminaba por esa misma playa, casi un año después, previsto de gorra y de protector de factor 50, recordé el encuentro. Me pregunté si ese hombre logró salir de aquí, si, con detector de metales o no, encontró el medio de seguir adelante, y deseé con fuerza que así fuera.

 

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