Lenguazul -un relato de Antonio Heras

Las farolas arrojan una luz débil sobre calles vacías, con negocios cerrados desde hace años y solares que se mezclan con edificios de viviendas y oficinas a medio derruir. El gris es también el color de la chaqueta, los pantalones, la bufanda y el gorro de lana del hombre que camina con paso decidido por la parte de la acera más pegada a la pared, a las sombras. No hace demasiado frío, pero lleva la bufanda anudada en torno a la boca, la nariz. Faltan cinco minutos para el toque de queda y es el único transeúnte que se ve y se oye por el barrio metropolitano que, una vez, fue el más señero y ruidoso de la ciudad. Las nubes de vapor de agua y humo de combustión procedentes de las alcantarillas, donde subsiste buena parte de la población, ocultaban casi por entero las facciones y gestos del hombre, aunque una mirada certera descubriría que es joven y tiene unos ojos de color ámbar, dos faros de luz en aquel escenario sombrío. Los oculta mirando al suelo, como oculta su cuerpo y su cara tras la ropa y las callejuelas más tenebrosas, más desiertas. Acelera el paso, casi corre. Mira un par de veces hacia atrás, desanda parte del camino y escoge un callejón alternativo. Llega a una persiana metálica bajada hasta el suelo, sobre la que un cartel de neón apagado y destartalado anunciaba “Bar de copas” antes que los tubos fluorescentes se cayeran o rompieran, dejando tras de sí las huellas ennegrecidas del calor eléctrico. Si se encendiera ahora, se leería “B** ** copas”. En la oscuridad, sin iluminar, quedaría la palabra “arde”. El muchacho de los ojos ámbar, tras echar un último vistazo a la calle desolada, llamó a la persiana un par de veces y pegó la cabeza al metal, con su respiración cada vez más agitada como único fondo sonoro. Al fin escuchó un “¿quién va?” susurrado desde el interior, y el joven respondió “el viento, que arde”. La persiana se alzó un par de centímetros en completo silencio, estaba bien engrasada; por el hueco, una mano fuerte y con vello deslizó un trozo de espejo con el que, inclinándolo a un lado y a otro, el que estuviera al otro lado se hizo una idea de lo que había en la calle. Satisfecho, al parecer, de la inspección, retiró la mano y terminó de abrir la tela metálica. El joven se introdujo agachando la cabeza, y la persiana volvió a caer hasta el suelo.

El local era apenas un tugurio, una barra maloliente en forma de “u” con tres taburetes mal distribuidos, dos libres y uno ocupado; un par de mesas con sillas de plástico al fondo, una de ellas libre. Candiles de llama anaranjada, temblequeante ponían algo de relieve y perspectiva a objetos y personas. Dos mujeres comían algo en una de las mesas, con rostro indescifrable. El camarero/dueño del bar, que le había abierto, volvió tras la barra con algo de dificultad, ya que cojeaba de manera notable. Por sus facciones alguien podría decir que no había sonreído en años, en décadas, aunque su voz sonó más amable de lo esperado: había reconocido al recién llegado, y la tensión en su rostro se relajó.

– ¿Qué vas a tomar, chico?

– Lo que tengas por tres monedas estándar.

– Muy bien. Tenemos un agua mineral bastante decente.

El joven sonrió mientras se acomodaba en un taburete y se quitaba la chaqueta y la bufanda. Se dejó el gorro. Algunos cabellos oscuros salían por la frente y las orejas, y brillaban en tonos rojizos, quizá por la llama de los candiles. Ese “agua mineral” era la denominación en clave de bebida alcohólica, seguramente un brebaje artesanal con ron o vodka. El alcohol estaba en la lista de prohibiciones de su distrito. Cogió el vaso servido por el camarero (o dueño), que había vuelto a su modo taciturno, y la mirada del chico se encontró con la del otro cliente sentado a la barra. Era un hombre de unos 40 años que lucía una barba negra y cana bastante poblada. Un rasgo facial muy denostado en la actualidad, así que encajaba bien en ese bar clandestino. La capucha de su sudadera, echada hacia atrás, enmarcaba su cara, donde también destacaban unos lentes cuya montura estaba sujeta con esparadrapo. Aún así, parecía bastante cuidado: aseado, con la mirada inteligente y una media sonrisa amable, dispuesta, que mostraba dientes blancos y enteros -otra rareza en un tiempo en el que los dentistas eran una profesión extinta, como los dentífricos.

Los ojos dorados del chico centellearon con el crepitar de los antiguos candiles. Bebió a sorbos lentos su bebida, a sabiendas de que tendría que durarle hasta el amanecer, cuando se levantara el toque de queda y fuera seguro regresar a casa. Deseó, en aquel momento, poder tener un amigo. Hacerse íntimo de ese barbudo que estaba junto a él, separado por un par de metros. Se mordió los labios en un gesto involuntario que el otro notó, guiñándole un ojo. ¿Era posible? Sus miradas volvieron a cruzarse y el joven esbozó una sonrisa abierta, generosa; con el corazón golpeándole en el pecho de manera dolorosa y excitante, abrió los labios, mostrando los dientes y, a través del incisivo roto, la lengua azul. El hombre de enfrente respondió relamiéndose la boca, mostrando una lengua de igual color; después se levantó y se dirigió a la puerta trasera. El muchacho miró alrededor, el corazón desbocado, los ojos ansiosos; ni el dueño del bar ni las mujeres de la mesa prestaban atención a la escena que protagonizaban los dos, joven y cuarentón barbudo, amor incipiente en medio de la oscuridad.

(lee el resto de la historia desde Lektu)

NOTA: “Lenguazul” fue escrito para Roberto González Fernández, artista multidisciplinar con especial talento para la pintura, la fotografía y las artes plásticas. En 2019 presentó el proyecto PRIDE BTM, Orgullo de los Hombres de Lengua Azul, una serie de retratos de personajes del mundo de la cultura con el nexo común de formar parte del colectivo lgbt. Para el catálogo de esta muestra, Roberto me propuso hacerle un relato que tuviese cierto hilo conductor con el tema de su PRIDE BTM, y de aquí vino la historia que acabáis de leer.

 


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